Breves Historias del Mundo
¿Dónde estábamos?
“¿Aquello fue por enero del año pasado, o lo de enero era otra cosa? Ya no me sirve esta memoria mía, que a veces olvido hasta si llevo a no llevo a mi lado a alguien, y entonces, -las malas lenguas lo dicen -, pues ¡como que hablo sola por la calle! ¿Cuándo fue aquello, Tacho? Lo del golpe mío en la cabeza, de eso te digo… Esto…, frío hacía, pero, ¿era enero, cuando lo del golpe? Mismo ahora no me acuerdo, Tacho, que me falla la memoria. ¿Te acuerdas tú, Tacho, cariño?”
Un cielo azul. Una mañana fría. El parque, solitario aún a esa hora. Breve brisa en cortas rachas pequeñas, suaves soplos de aire frío, intensamente frío. Un frío tan intenso como intenso el azul del cielo. Las once de la mañana, en el altozano que se abre a todos los vientos, que mira a todos los horizontes, ¿no es acaso una hora impertinente para los huesos trabajados de la mujer que, figura de un Belén imaginario, cruza el paseo y se dirige, despacio, hacia un banco, las once heladas de la mañana no es, -decimos -, una hora inadecuada? Semeja la figura que camina con torpeza…, ¿qué semeja? Parece la forma vestida de negro de la añosa mujer que hacia el banco se encamina…, ¿qué parece? Los ojos atentos de algún espectador que se dé a valorar usos, y hábitos, y tiempos de vidas a partir de esos signos implacables, decidores, revelantes, inequívocos que son el atuendo, la manera de caminar, lo que se porta en las manos o lo que falta, -¿bolso o cesta, mantón o abrigo, zapatos o qué avíos de calzado? -, o como son las palabras que se dicen si se habla, o los gestos con que se adoban las palabras, las no dichas sino sólo pensadas, incluso, todo eso y más, ¿de qué clase de mujer nos hablarían?
Que atuendos y esos marimoñeos nada dicen, -pues que son cosas que pintarse podrían como “naturaleza muerta”-, valga. Pero que atuendos, y esos signos externos varios, mucho descubren sin decir palabra, -¡que es que hasta cantan que es un gusto!-, y hasta delatan, si es preciso, más aún valga, de modo que lo de “¿de qué clase de mujer nos hablarían?”, vale. Literalmente casi. Y el lector lo sabe, y es por eso que el narrador lo cuenta, lo escribe, de ello acta levanta. Sigamos, pues.
Cruza. Como subida a un andar lento, de no estudiada lentitud, así cruza. Es un andar casi penoso, -¡es penosidad que el tiempo ha acumulado en sus piernas, en su misma estructura de los huesos, ya redoloridos en sus ensamblajes, en sus pulmones incluso, que respira la mujer como si le fuera la vida en cada sorbo de aire! -, un andar que le lleva junto al banco, que le lleva a inclinarse, -¿más aún? ¡Más! -, sobre la blanca piedra del banco en el parque. Ahora la mujer hace como que la quiere secar un poco, a la piedra del banco, quitarle el resto que queda sin duda de la lluvia de la madrugada, o del riego impertinente de los servicios con que los alcaldes hurgan en los presupuestos y las contratas que dejan beneficios y las subcontratas que dejan escondidos los subterfugios, los servicios, decimos, de limpieza…, (¡qué ironía, que los “inmaculados” se limpien las manos con los presupuestos para los servicios de limpieza!). Luego de guardar el pañolico con que ¿secó algo, la pobre?, ya se sienta. Lentamente se sienta. Con lentitud revenida de los dolores mismos que su cuerpo ya albergará de por vida. “Es la reúma, Josefina”, le dicen a veces a la mujer amigas, conocidas y vecinas. “¡Ay, con estas reumas y estos humos, total, para morirse una!”, a veces responde ella. Las menos, que casi siempre, calla a todo y nada otorga, que quien ya lo dio todo, ¿qué más puede…? En fin, la vida. A las once de una mañana fría esta mujer, Josefina, está sola y con un inmenso día ante sí. Un día tan inmenso como los montes del pueblo donde naciera.
Desvergonzadas palomas no hay todavía en la rotonda del parque, pero algunos tímidos pajarillos ya corretean rebuscando restos comestibles que han dejado los ajetreos de niños, (¡y madres, y comadronas, y novios,!), la tarde antes, en el suelo. Josefina sonríe, -¡cómo la expresión se le ilumina: con la sonrisa… Cómo la mirada se le llena de luz nueva: con la sonrisa! -, mirando los saltitos de los gorriones, y se lleva la mano al bolso, buscando sin duda algo que echarles a los simpáticos salterines, los gorriones eternos, más madrugadores ya que las palomas, (aves éstas que han perdido la vergüenza, sin lugar a dudas. Por el constante trajineo que se han traído con el hombre, con tanto llevar y traer mensajes, con tanto acomodarse a colleras que manos humanas gestionan, y tanto palomar poco o nada libertario, por todo eso, ¡han perdido las palomas la vegüenza!), aruinadoras de estatuas, de fachadas artesanales. La sonrisa y el echar migas de pan a los pajarillos, son actos mágicos : por un instante, Josefina ha sido la niña que fue muchos siglos atrás, cuando vivía su “Tacho”, y era él también un mocetón de aldea, fuerte, testarudo, bueno, hombre a la tierra pegado como el alma se pega al cuerpo. La magia del instante dura un suspiro, pero la memoria de la magia ya es imborrable. El tiempo es un brujo implacable, pero el hombre sabe a veces de todos los tiempos zafarse, que parece que llevamos átomos de eternidad en la sangre.
“¿Nada dices, Tacho? ¡Estás tan callado…! Será el frío, que hay que ver el frío que hace. ¿O es que ya una va a sentir frío para siempre, Tacho? ¡Con estos años, Dios de mi vida, todo se le vuelven a una huéspedes molestos, y a lo mejor es que es una la que ya va estando de más en el mundo… Ay! Pero, ¿cuándo fue aquello, que se me ha ido de la memoria? Anda, Tacho, di algo…”
Uno jóvenes que han trasnochado, sin duda, y vuelven a casa -o puede que muden de lugar donde continuar su modo de evasión -, miran a la mujer, la ven hablando sola, y se ríen. Uno de ellos, que porta un atuendo indefinible y muestra signos inequívocos de un incipiente trastorno del comportamiento, da una patada a una lata de cerveza que yacía en el suelo, entre restos de comida, ya sucia y allí dejada, con esa incuria que se ha ido extendiendo desde la grandes urbes a las pequeñas, y que ya pocos perciben siquiera, (la facilidad con que la gente se acomoda a vivir en la mierda es digna de estudio…), y algo grita dirigiéndose a la anciana mujer, al borde del alzheimer sin duda, de lleno en la pobreza, y casi sorda. Es algo que quiere ser burla y ni a ser palabra humana casi alcanza : ¿de dónde nos van viniendo estos modos de airadas conductas y desaforados comportamientos, que arrasan con todo atisbo de dignidad? ¿Un círculo no previsto de Dante y sin embargo existente allá, en su Inferno puesto en boca de Virgilio? No lo sabemos. No queramos saberlo, ni tampoco queramos saber qué gritó a la pobre mujer ese desdichado espécimen que hoy, porque cuenta pocos años, -¿19, 24, más, menos? -, y también porque nada tiene ya -¡posiblemente, y para desgracia no sólo suya! – que perder, alegremente (eso, es un decir…) insulta a sus mayores… La vida tiene a veces rincones donde es mejor nunca mirar.
“Era enero, sí. ¡Seguro que era enero! Pero, ¿dónde estábamos, dime? ¡Que no me acuerde ahora de dónde estábamos cuando lo del golpe en la cabeza…! Dios mío de mi vida, cuánto trajín para acabar una sola y sin memoria casi, ¿verdad, Tacho?”